Por: Gisselle AparicioMarzo de 2019

Si puede haber algo peor que enterarnos que estamos enfermos; sentirnos derrotados antes de dar la pelea.
Mi historia comenzó hace 8 años. Una mañana al despertar sentí un leve dolor de garganta que me indispuso para ir a trabajar. En ese entonces hacia parte de un programa radial deportivo en la emisora Antena Dos de RCN y lógicamente con la garganta afectada ese día fue casi imposible participar. Tuve que ir al médico porque a medida que pasaban las horas el dolor iba aumentando y la voz se me iba apagando.
Fue cuestión de un examen sencillo en el área de urgencias de la Clínica Reina Sofía de Bogotá para que el médico se diera cuenta que el dolor no provenía de un incipiente cuadro gripal. La pregunta que me hizo el doctor fue clara:
– “¿Desde hace cuánto tiempo tiene la tiroides inflamada?”
Yo respondí extrañada con otra pregunta:
– “¿La tengo inflamada?”
El médico, joven, aparentemente sin experiencia y sin mucho tiempo para una consulta más a fondo, aseguró que a simple vista se notaba que tenía una inflamación y que ya que en la revisión inicial no había rastros de infección o irritación interna, el paso a seguir era hacer una ecografía.
En cuestión de 15 minutos ya estaba en una camilla en el área de imágenes diagnósticas. En el monitor se veía, según el ecógrafo, algo anormal y luego pronunció la frase que hizo que se me enfriara hasta el alma: “Tienes un tumorcito en la glándula tiroides”
Según las estadísticas, en el 70% de los casos esas masas o tumores en la tiroides resultan ser benignos, pero hubo malas noticias: mi caso se ubicaba en el 30% restante.
Entonces comencé a escuchar términos aún más aterradores como “biopsia”, “cirugía” y, por supuesto, la escalofriante palabra “cáncer”

BUENOS AIRES 2

Todo fue tan rápido que no recuerdo muy bien que sentí en esos 8 días que duró la clínica en dar el resultado de la biopsia, solo sé que es una espera que no le deseo a nadie. Fui sola a reclamar el sobre con la respuesta que cambiaría mi vida, aunque suene irónico, para bien.
“Muestra positiva para carcinoma papilar de tiroides con células bien diferenciadas” rezaba el diagnóstico, o sea, tenía cáncer. Ya estaba y no había vuelta atrás!
Entonces llegué a mis 36 años al punto del camino en el que solo hay dos opciones: Luchar o renunciar. Era cuestión de decidir y asumir las consecuencias.
Tengo que reconocer que camine varios días por el costado de los derrotados porque costó mucho aceptar que esa maldita enfermedad había tocado la puerta de la casa (ya mi madre estaba peleando contra un cáncer de seno) y que estaba dando un segundo golpe instalándose en mi propio pellejo.
Llegaron los cuestionamientos y la rabia contra todo; contra la vida, contra el destino, contra Dios, contra los médicos. “¿Por qué a mi?” preguntaba cada rato, hasta que alguien me respondió con total desapego de lástima: “Y, ¿por qué no?”, haciéndome caer en cuenta que mi drama no era exclusivo, que mucha gente estaba sufriendo lo mismo y que muchos también habían logrado sobreponerse con el simple hecho de aceptar la realidad y enfrentarla.
Desanduve el camino y volví al punto de partida para tomar la otra opción: luchar por vivir… o mejor dicho, vivir de mejor manera. Es un poco paradójico que uno quiera adoptar mejores hábitos justamente cuando se comienza a escapar la salud, pero es mejor hacerlo a tiempo que nunca tomar la decisión.

Siempre fui deportista y luego de entrenar durante muchos años baloncesto en la liga de Bogotá y haber sido campeona nacional dos veces, el trabajo como periodista y el poco tiempo libre que deja ejercer esta profesión me llevaron a explorar otras actividades, un poco más solitarias, que me permitieran mantener algo de estado físico. Ensayé con el tenis (no me iba nada mal), luego con los gimnasios en todas sus ofertas de spinning, clases de baile, rutinas de pesas, pilates, en fin… lo disfrutaba mucho pero nunca como cuando podía dejar mis convalecencias luego de cada cirugía. Los primeros 4 años de lucha contra el cáncer pasé tanto tiempo en cama, en citas médica, en exámenes de control que poder salir al menos a caminar era todo un disfrute.

Luego de 6 intervenciones quirúrgicas en el cuello y dos sesiones de terapia radioactiva para matar las células malignas, por fin parecía controlada la enfermedad, aunque no estaba del todo erradicada y se convirtió en rutina estar monitoreando el crecimiento de más tumores con ecografías y exámenes de sangre.
Mucha gente me hablaba de terapias alternativas, de medicina homeopática, de yoga y hasta de acupuntura, pero yo tuve más suerte y también encontré personas que me hablaron del running. ¿Correr como método curativo? Sonaba bien… bien aburrido, pero decidí ensayar. “Te va a cambiar la vida” decían y pensé: “Ok… veamos de que se trata”
No fue emocionante en comienzo. Dolía mucho, no solo el cuerpo, sino también el hecho de no ser destacada, de sentirme débil mentalmente para enfrentar tantos minutos de soledad y tantos kilómetros sin hallarle el gusto real al este tipo de ejercicio. No fue amor a primera vista y mentiría si digo que el running me produjo una fascinación inmediata. Por lo menos no fue mi caso y al contrario, creo que llegué a odiar muchos entrenamientos, aunque también a reconocer que ese “sufrimiento” poco a poco le hacía bien a mi cuerpo.
Difícilmente completaba las distancias sugeridas por Will Vargas mi entrenador, los tiempos eran mediocres comparados con los de mis compañeros y me parecía que las madrugadas eran demasiado castigo para un paciente hipotiroideo que siempre tiene sueño, debilidad real y problemas de metabolismo.
Sin embargo, no sé exactamente porqué, decidí insistir y no quedarme con la duda de saber que había más allá de las primeras semanas de entrenamiento y en qué punto iba a llegar a esa etapa en la que la gente me decía que correr se disfrutaba mucho y que no había regreso una vez te atrapaba el mundo de los runners. Mi proceso fue bastante extraño, diferente. Comencé a entrenar a finales de julio de 2014 y en octubre ya estaba corriendo mi primer maratón. Solo competí antes en dos carreras cortas (5k y 10K) en Bogotá y me fui a Buenos Aires a enfrentarme a la distancia de 42.195 km que a muchos asusta, que otros le tienen respeto y que otros tantos, luego de años de entrenamiento, aún no se atreven a recorrer. Pero no lo hice por valiente ni por sentirme súper dotada; ¡me inscribí, viaje y corrí por ignorante! Quiero decir, por ignorar todas esas sensaciones que trae una maratón y que vine a saber en la mitad del recorrido cuando ya no había oportunidad de devolverme y cuando mi orgullo no me permitió retirarme de la competencia.
Llegue a la meta confundida, no sabía si tenía rabia o felicidad. Sentía mis piernas destruidas y lloraba, pero luego veía mi medalla colgada del cuello y se me olvidaba el dolor. Entonces busqué a mi entrenador como queriendo que me explicara en ese momento qué diablos había pasado y por qué una persona tan novata y poco adaptada a ese deporte había logrado terminar la distancia soñada, casi caminando, pero en condiciones aceptables.
La respuesta científica aún no la tengo, pero la respuesta filosófica si está clara: los maratonistas son personas con determinación, sin miedo a sufrir, con una gran disposición al sacrificio e infinitamente felices.
Días después de correr mi primer maratón y de haberme saltado muchos de los protocolos para una preparación óptima, supe que tenía que volver a empezar de cero. En mi cabeza y en mi corazón sentía orgullo por ser maratonista, pero sabía que mi cuerpo estaba golpeado y que si quería seguir corriendo debía prepararme mejor para disfrutar más cada carrera.
Aterricé de nuevo en la realidad de mi cuadro clínico y del día a día para empezar por organizarme mejor en el trabajo, atender mis citas médicas y entrenar. La frase “no tengo tiempo” había que erradicarla del todo.
Y así, poco a poco, todo fue fluyendo. Madrugar se hizo hábito y trabajar con eficiencia en mi oficina fue la consecuencia de la necesidad de tener más tiempo para descansar y para atender mis asuntos de salud. Y aunque suene paradójico, esa rutina es lo que hace que correr se vuelva un disfrute y no un sacrificio.
Un corredor organiza su vida alrededor de lo que lo hace feliz. Nuestro enfoque es propiciar todas las condiciones para tener buenos entrenamientos y buenas competencias: dormir mejor, comer mejor, buscar la indumentaria más apropiada, encontrar las personas correctas que nos ayuden a crecer y detectar el método de entrenamiento que nos convierta en mejores corredores y luchadores. Todo eso puede sonar a vicio, pero es una adicción que va siempre en dirección ascendente. Correr es mejorar en todo sentido, es una decisión que optimiza hasta la manera de pensar.

No podría jurar que el deporte cura enfermedades pero si hay muchos estudios que demuestran que una vida activa mejora las condiciones del cuerpo para enfrentarlas. Ninguna persona que practique algún deporte con regularidad está blindada contra el cáncer, la diabetes, la hipertensión, la osteoporosis o las cardiopatías, pero si reduce en buen porcentaje la posibilidad de padecerlas. Mi experiencia me lleva a afirmar que desde que comencé a correr con cierta disciplina todos los síntomas de mi enfermedad se redujeron y que a veces ni siquiera los siento.
Puede ser coincidencia, pero prefiero pensar que fue una consecuencia. Luego de 5 años de entrenamiento, 6 medias maratones, 20 carreras de 10k, 5 carreras de 15k y 4 maratones más (Miami 2016, Chicago 2016, Berlin 2017 y New York 2018), el diagnóstico de mi médico fue el mejor. Estoy libre de cáncer y aunque el especialista que me atiende no garantiza que la enfermedad no volverá a aparecer, estoy más que preparada para afrontar una posible nueva batalla. La cuenta del número de cirugías va en 6 y la cuenta de número de carreras corridas hasta hoy va en 36. ¡Le voy ganando al cáncer por 30!
Por ahora no pienso parar. Quiero más carreras, quiero más medallas, quiero conocer más amigos corredores. Quiero saber más del mundo del running y ya puse la mente en un nuevo escenario; el triatlón. Por ahora, allí, estoy “en construcción”