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CORRER PARA CONTARLA

Por: Nicolás Serna (periodista y libretista de RCN Radio – Cadena Básica)

La primera vez siempre dará nervios. Habrá movimientos torpes, tensión, agotamiento. Sudará todo el cuerpo. El próximo 29 de septiembre correré la primera maratón de mi vida. El escenario: las calles de Berlín.

Y realmente no puedo tener más miedo. Este miedo me acompaña a todas partes, a toda hora. Es tanto el miedo que tengo, que por momentos nos gustamos y lo vuelvo mi aliado. Cuando voy caminando de noche por una calle de Bogotá y se me acercan 2 jóvenes de “dudosa profesión”, me acuerdo de que correré la maratón de Berlín y el miedo desaparece.

No tengo hijos, pero me siento igual que mis amigos que están a punto de ser padres. ¡Pregunto todo! ¿Qué debo comer? ¿Cuántos kilómetros debo correr a la semana? ¿Qué ejercicios de fortalecimiento debo realizar para no lesionarme? ¿Tomar whisky afecta más el hígado o afecta más el “core”?

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Y luego de acumular tanta información estoy como mis amigos que estrenarán paternidad; lleno de incertidumbre. Las frases de «aliento» llegan por todos lados y a manos llenas, una gran amiga me motivaba recordándome: “luego de cubrir para un canal la maratón de Buenos Aires y ver la cara moribunda de todos en la meta, en la vida voy a correr una maratón!” Otro en tono de advertencia me dijo que voy a perder las uñas de los pies. Uno que empezó a correr después de los 50 me compartió que en el kilómetro 22 de la maratón de Boston en el 2018 se fraccionó la tibia por estrés. Y el consejo que más tengo presente es: ”Nicolás, báñese, pero báñese en vaselina, pero embadúrnese todo en vaselina porque en una maratón todo le roza”. No me he querido imaginar bañado en vaselina.

Llevo 7 años con esta adicción al running y no me quiero rehabilitar. Siempre al subir de kilometraje en las carreras, existe una estación de servicio cerca. De 5k a 10k,  de 10k a 15k, de 15k a 21k. Sin embargo, entre la media maratón y la maratón tan solo hay una carretera bordeada por un extenso e indescifrable desierto, árido y despiadado.

Hablando alguna vez con Alexis García ex futbolista de Atlético Nacional, acerca del susto que sufre un futbolista en una definición de penales cuando va caminando desde la mitad de la cancha hasta el encuentro con el balón, siempre me decía que en ese momento la mente se desconecta, pocos futbolistas se acuerdan de lo que pensaron en esos 50 metros antes de patear el penal. El cerebro borra los momentos de pánico en la mente.

Por eso me preocupa que se me borre la transmisión en HD desde el Kilómetro 33 cuando aparezca ese bendito muro del que todos hablan. Que no recuerde el animado público berlinés que todos admiran, que me vuelva daltónico porque se me acabaron las reservas de glucógeno. Y lo peor, que no tenga una postal en vivo y en directo de la mítica puerta de Brandemburgo, simplemente porque mi cuerpo está a punto de irse a otra dimensión y tocará por primera vez usar la tarjeta de “assist card”.

Es por eso que, para disfrutar la aventura y volver el miedo una motivación, he tomado una decisión y ustedes son los primeros en enterarse. Seguiré los pasos de mis amigos. Para no saltarme ningún entrenamiento, para tener una dieta digna alejada de las papas fritas, para dormir lo suficiente, para alejarme del whisky y sus noches y para hacer un gran tiempo en mi primera maratón, voy a tener 3 hijos imaginarios. Nada que motive y despierte más la responsabilidad que un hijo. Pues para que nada me salga mal en Alemania desde hoy tengo 3. Por ellos madrugaré a las 4:30 de la mañana para ser un mejor padre y un mejor runner.

Nos vemos en el asfalto. ¡A correr!

 

TRES ULTRAS, UN MISMO PLAN

Por: Redacción GWR

Todo comenzó en 2017 cuando uno de los integrantes de GOODWILL RUNNERS, Mauricio Salazar, puso en su calendario y en su mente correr el ULTRAMAN de la Florida.

Sin tanta experiencia como se supone debe tener un triatleta que piense en ser ULTRA, Mauricio se reunió con nuestro head coach Will Vargas para mirar las distancias, el recorrido, analizar el clima y la logística que requería esta competencia. La conclusión fue clara: “tenemos un plan”.

 

Entrenador y futuro ULTRAMAN acordaron como sería el entrenamiento, el régimen de alimentación, las horas de descanso, las carreara previas de preparación y así comenzó a construirse este reto que abrió el camino para tres héroes del triatlón aficionado en Colombia.

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Salazar tuvo más de 8 meses de entrenamiento enfocado, con jornadas muy largas hasta 10 horas continuas o de varias sesiones en el día para acostumbrar al cuerpo al esfuerzo ya que las distancias de la competencia no daban margen para asumir el reto con ligereza. Serían 10 km de natación en aguas abiertas y más 140 km de ciclismo en el primer día, 280 km de ciclismo en el segundo día y doble maratón (84,4 Km) en la jornada final; así que no había otra alternativa que entrenar con mucha estrategia.

Pasaron las semanas y Mauricio supo que su sueño era posible; llegó a Florida muy bien preparado y con la tranquilidad de haber cumplido al pie de la letra el plan de preparación. La disciplina surtió efecto y el 19 de febrero de 2017 Colombia vio a su primer deportista aficionado cruzando la meta de un ULTRAMAN y coronándose héroe en el mundo amateur del triatlón.

Tras ese logro, otro GOODWILL RUNNERS comenzó a pedir pista. Era Juan Carlos Andrade, un experimentado triatleta y varias veces IRONMAN que se “antojó” de ir más allá de sus marcas y solicitó a la organización ser aceptado para participar en la versión de 2018. La buena noticia llegó pronto y, una vez adentro del grupo de 50 deportistas seleccionados, comenzó a recorrer un camino similar al de su antecesor Salazar.

“Pepe”, como le decimos dentro del equipo, asumió también con mucha seriedad el reto y como un reloj fue preciso en el cumplimiento de la estrategia y de las extensas jornadas de preparación.

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El plan tenía 3 metas volantes que me servirían como base para los 2 meses finales.  Las metas volantes fueron el IRONMAN de Boulder (Colorado) en junio, El IRONMAN de Panama City (Florida) en Noviembre y el IRONMAN 70.3 de Cartagena. Lo más importante durante todo el 2017 era no lesionarme e ir mejorando poco a poco.  El IRONMAN de Boulder salió bien, estuvo un poco abajo de las expectativas, aunque bastante cerca.  Para Panama City corregí algunas cosas y logré la mejor carrera de mi vida como IRONMAN con un tiempo de 11 horas y 15 minutos, dejándome como el mejor Colombiano en mi categoría», recuerda Pepe.

Dentro del plan de entrenamiento estaban contempladas jornadas de hasta 8 horas en bicicleta en la ruta y en esos momentos afloró el sentido de solidaridad de todo el equipo que espontáneamente terminó acompañando a Juan Carlos en su día a día

“Fue fundamental el acompañamiento de mi equipo al cual le debo todo durante mi preparación, era increíble ver a todos organizándose por turnos para acompañarme en las largas jornadas de entrenamiento.  Algunos llegaban a las 7:00 a.m. para la natación, otros a las 11:00 a.m. para estar en la primera parte de la bici, otros llegaban a las 2:00 o 3:00 pm y me acompañaban hasta las 7:00 u 8:00 p.m. cuando se acababa la tarea.  Aquí hago una pausa para agradecer a todo el equipo y a Will por toda la ayuda en este proceso”.

Andrade llegó al día de la competencia a enfrentarse de entrada con su “coco” que eran los 10km de natación. Pero en ese momento el cuerpo respondió como estaba previsto y lo que en teoría sería el tramo más duro fue en realidad la confirmación de que todo estaba bajo control.

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En la bicicleta y en la doble maratón de los dos días siguientes Pepe disfrutó mucho su experiencia y aunque hubo momentos de sufrimiento, la ayuda de la tripulación lo empujó emocionalmente a la meta. Febrero 18 de 2018 y nuevamente GOODWILL RUNNERS lograba el objetivo. ¡Segundo ULTRAMAN by Will Vargas!

Había que completar la trilogía y por supuesto no tardó en conocerse el nuevo candidato que se le quiso medir a este reto. Fue Mauricio Zarama el encargado de poner a trabajar de nuevo al coach en un plan similar al de sus antecesores pero adaptado a sus condiciones, edad y experiencia. Zarama tenia mucha más recorrido en running (15 maratones para hablar solo de una cifra) que en competencias de triatlón, pero la organización del ULTRAMAN FLORIDA consideró que eran más que suficientes para incluirlo en la lista de participantes de 2019.

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A Mauricio le llegó la buena noticia el 15 de abril de 2018, justo cuando se encontraba en Boston a menos de 24 horas de correr la maratón. Salió tan motivado que logró la marca para volver a clasificar a pesar haber sido los 42,195 km más fríos y hostiles de los últimos 30 años en esa ciudad. Y así, aunque suene extraño, con Boston 2018 comenzó su preparación para el ULTRAMAN 2019.

Pasó por el mundial de medio IRONMAN en Sudáfrica, el full IRONMAN de Cozumel, el medio IRONMAN de Cartagena, solo por nombrar algunas de sus grandes actuaciones en carreras oficiales en las que midió fuerzas, resistencia y cabeza para el gran reto que tenia en la mira.

Llegó el gran día y el 15 de febrero arrancó a nadar los 10 km en el primer día de su soñado ULTRAMAN. La natación también era el “coco” de Zarama pero rompió no solo sus miedos sino los cronómetros al cubrir la distancia en menos de 4 horas. En el ciclismo estuvo dentro de lo esperado y en la doble maratón sacó a relucir toda esa experiencia y control mental que siempre lo ha acompañado.

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Su tripulación encabezada por Will Vargas e integrada además por Pepe (Ultraman 2018), José Dionisio Vargas (triatleta GWR) y Luis Eduardo Suárez (su cuñado) simplemente tuvieron que cumplir con lo programado para asistir con alimentación, hidratación y motivación. Del resto se encargó Zarama y su excelente preparación física. Febrero 17 de 2019 y otra bandera colombiana llegó a la meta. ¡Tercer ULTRAMAN para GOODWILL RUNNERS!

¿Quién será el próximo? Pronto lo sabremos, pero quien quiera que sea  ya conoce las calves del éxito: disciplina y  confianza en un buen plan… y el buen plan lo tiene GOODWILL RUNNERS.

 

 

 

BOSTON X 5


BOSTON X 5

Por: Carlos Andrés Illera

 

Hay personas que me han preguntado: “¿Cuántas veces va a repetir Boston?”, a lo que sin dudarlo respondo que “no he repetido nunca carrera en Boston porque todas las versiones han sido distintas”. Estamos hablando del mítico recorrido del maratón más antiguo de esta nuestra era.

 

El punto de partida de la prueba sigue siendo el mismo de hace 122 ediciones atrás; el pueblo de Hopkinton, donde todos damos el primer paso de esas 26 millas y 385 yardas para llegar a Boston.

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El espíritu intacto de cada uno, la adrenalina y la emoción de correr sin ser rebasado ni rebasar y el corral de salida estrictamente organizado, hacen que cada uno de los corredores tenga un paso tan marcado que hay altas probabilidades de que todos lleguemos a la meta al lado de los mismos atletas con los que iniciamos y quienes se convierten en los coequiperos para atravesar la línea que une Hopkiton,  Ashland, Framingham, Natick, Wellesley, Newton, Brookline y Boston.

En tres oportunidades he sido un gladiador victorioso capaz de descender 27 kms con paso de carrera perfecto y ascender las míticas Newton Hills consciente de guardar piernas para los últimos nueve kilómetros en descenso.  ¿Guardar para descender?… así es, la bajada desde el punto de salida y el esfuerzo en el ascenso son un cóctel de fórmula secreta que aún hoy, de cara a mi quinta participación en línea en Boston (2015 – 2019), sigo intentando descifrar.

Siempre quiero encontrar los sabores indicados y las sensaciones justas para vencer al Unicornio, el mítico símbolo de esta maratón, y por eso entreno con el alma para por quinta vez mirarle a los ojos y gritarle mi anhelado tiempo de carrera.

¡Recuerdo perfectamente la última vez que lo enfrenté! En 2018 el unicornio me arrodilló, me doblegó y me puso de nuevo en tierra; mostró su fuerza y me dejó saber que para ganarle no sólo se necesitan piernas y corazón. Los meses de entrenamiento que había tenido sirvieron para lograr cruzar la meta, envuelto en una temperatura de casi cero grados centígrados. A pesar de la lucha insoportable contra el clima pude hacer el tiempo necesario para volver a clasificar e intentarlo otra vez en pocas semanas (15 de abril – Patriots Day)

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De nuevo, en medio del entrenamiento diseñado por Will Vargas (@Patacoach), seguimos unidos Coach y pupilos buscando esa fórmula secreta.  Con Mari del Pozo, Tatiana García, María Isabel Reina, Paola Susa, Martha Lucia Gnecco, Daniel Cadena, Andrés Espitia, Mauricio Zarama, Jerónimo Huerta, Leonardo Escobar, José Cubillos y Camilo Cubillos tendremos horas y kilómetros incontables, chocadas de mano, abrazos, felicitaciones y mucha pasión, sudor y esfuerzo. Somos consagrados atletas aficionados o como los llamo yo, “dementes” con un solo objetivo: correr la más antigua maratón con el alma y con el más alto respeto que merece.

 

Dicho todo lo anterior, preparar la quinta participación en Boston apasiona y al mismo tiempo genera la misma inquietud y nervios que la primera vez. Hoy mi esfuerzo es mayor; el tiempo pasó y no precisamente me he hecho más joven, pero tengo claro que clasificar, entrenar con locura y volver a correr esta maratón me hacen cada día un mejor ser humano, una mejor persona en todos los aspectos de mi vida. La entrega, la perseverancia, la resiliencia de todo este proceso enriquecen y cambian día a día.

 

A GRANDES MALES, GRANDES DECISIONES

Por: Gisselle AparicioMarzo de 2019

Si puede haber algo peor que enterarnos que estamos enfermos; sentirnos derrotados antes de dar la pelea.
Mi historia comenzó hace 8 años. Una mañana al despertar sentí un leve dolor de garganta que me indispuso para ir a trabajar. En ese entonces hacia parte de un programa radial deportivo en la emisora Antena Dos de RCN y lógicamente con la garganta afectada ese día fue casi imposible participar. Tuve que ir al médico porque a medida que pasaban las horas el dolor iba aumentando y la voz se me iba apagando.
Fue cuestión de un examen sencillo en el área de urgencias de la Clínica Reina Sofía de Bogotá para que el médico se diera cuenta que el dolor no provenía de un incipiente cuadro gripal. La pregunta que me hizo el doctor fue clara:
– “¿Desde hace cuánto tiempo tiene la tiroides inflamada?”
Yo respondí extrañada con otra pregunta:
– “¿La tengo inflamada?”
El médico, joven, aparentemente sin experiencia y sin mucho tiempo para una consulta más a fondo, aseguró que a simple vista se notaba que tenía una inflamación y que ya que en la revisión inicial no había rastros de infección o irritación interna, el paso a seguir era hacer una ecografía.
En cuestión de 15 minutos ya estaba en una camilla en el área de imágenes diagnósticas. En el monitor se veía, según el ecógrafo, algo anormal y luego pronunció la frase que hizo que se me enfriara hasta el alma: “Tienes un tumorcito en la glándula tiroides”
Según las estadísticas, en el 70% de los casos esas masas o tumores en la tiroides resultan ser benignos, pero hubo malas noticias: mi caso se ubicaba en el 30% restante.
Entonces comencé a escuchar términos aún más aterradores como “biopsia”, “cirugía” y, por supuesto, la escalofriante palabra “cáncer”

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Todo fue tan rápido que no recuerdo muy bien que sentí en esos 8 días que duró la clínica en dar el resultado de la biopsia, solo sé que es una espera que no le deseo a nadie. Fui sola a reclamar el sobre con la respuesta que cambiaría mi vida, aunque suene irónico, para bien.
“Muestra positiva para carcinoma papilar de tiroides con células bien diferenciadas” rezaba el diagnóstico, o sea, tenía cáncer. Ya estaba y no había vuelta atrás!
Entonces llegué a mis 36 años al punto del camino en el que solo hay dos opciones: Luchar o renunciar. Era cuestión de decidir y asumir las consecuencias.
Tengo que reconocer que camine varios días por el costado de los derrotados porque costó mucho aceptar que esa maldita enfermedad había tocado la puerta de la casa (ya mi madre estaba peleando contra un cáncer de seno) y que estaba dando un segundo golpe instalándose en mi propio pellejo.
Llegaron los cuestionamientos y la rabia contra todo; contra la vida, contra el destino, contra Dios, contra los médicos. “¿Por qué a mi?” preguntaba cada rato, hasta que alguien me respondió con total desapego de lástima: “Y, ¿por qué no?”, haciéndome caer en cuenta que mi drama no era exclusivo, que mucha gente estaba sufriendo lo mismo y que muchos también habían logrado sobreponerse con el simple hecho de aceptar la realidad y enfrentarla.
Desanduve el camino y volví al punto de partida para tomar la otra opción: luchar por vivir… o mejor dicho, vivir de mejor manera. Es un poco paradójico que uno quiera adoptar mejores hábitos justamente cuando se comienza a escapar la salud, pero es mejor hacerlo a tiempo que nunca tomar la decisión.

Siempre fui deportista y luego de entrenar durante muchos años baloncesto en la liga de Bogotá y haber sido campeona nacional dos veces, el trabajo como periodista y el poco tiempo libre que deja ejercer esta profesión me llevaron a explorar otras actividades, un poco más solitarias, que me permitieran mantener algo de estado físico. Ensayé con el tenis (no me iba nada mal), luego con los gimnasios en todas sus ofertas de spinning, clases de baile, rutinas de pesas, pilates, en fin… lo disfrutaba mucho pero nunca como cuando podía dejar mis convalecencias luego de cada cirugía. Los primeros 4 años de lucha contra el cáncer pasé tanto tiempo en cama, en citas médica, en exámenes de control que poder salir al menos a caminar era todo un disfrute.

Luego de 6 intervenciones quirúrgicas en el cuello y dos sesiones de terapia radioactiva para matar las células malignas, por fin parecía controlada la enfermedad, aunque no estaba del todo erradicada y se convirtió en rutina estar monitoreando el crecimiento de más tumores con ecografías y exámenes de sangre.
Mucha gente me hablaba de terapias alternativas, de medicina homeopática, de yoga y hasta de acupuntura, pero yo tuve más suerte y también encontré personas que me hablaron del running. ¿Correr como método curativo? Sonaba bien… bien aburrido, pero decidí ensayar. “Te va a cambiar la vida” decían y pensé: “Ok… veamos de que se trata”
No fue emocionante en comienzo. Dolía mucho, no solo el cuerpo, sino también el hecho de no ser destacada, de sentirme débil mentalmente para enfrentar tantos minutos de soledad y tantos kilómetros sin hallarle el gusto real al este tipo de ejercicio. No fue amor a primera vista y mentiría si digo que el running me produjo una fascinación inmediata. Por lo menos no fue mi caso y al contrario, creo que llegué a odiar muchos entrenamientos, aunque también a reconocer que ese “sufrimiento” poco a poco le hacía bien a mi cuerpo.
Difícilmente completaba las distancias sugeridas por Will Vargas mi entrenador, los tiempos eran mediocres comparados con los de mis compañeros y me parecía que las madrugadas eran demasiado castigo para un paciente hipotiroideo que siempre tiene sueño, debilidad real y problemas de metabolismo.
Sin embargo, no sé exactamente porqué, decidí insistir y no quedarme con la duda de saber que había más allá de las primeras semanas de entrenamiento y en qué punto iba a llegar a esa etapa en la que la gente me decía que correr se disfrutaba mucho y que no había regreso una vez te atrapaba el mundo de los runners. Mi proceso fue bastante extraño, diferente. Comencé a entrenar a finales de julio de 2014 y en octubre ya estaba corriendo mi primer maratón. Solo competí antes en dos carreras cortas (5k y 10K) en Bogotá y me fui a Buenos Aires a enfrentarme a la distancia de 42.195 km que a muchos asusta, que otros le tienen respeto y que otros tantos, luego de años de entrenamiento, aún no se atreven a recorrer. Pero no lo hice por valiente ni por sentirme súper dotada; ¡me inscribí, viaje y corrí por ignorante! Quiero decir, por ignorar todas esas sensaciones que trae una maratón y que vine a saber en la mitad del recorrido cuando ya no había oportunidad de devolverme y cuando mi orgullo no me permitió retirarme de la competencia.
Llegue a la meta confundida, no sabía si tenía rabia o felicidad. Sentía mis piernas destruidas y lloraba, pero luego veía mi medalla colgada del cuello y se me olvidaba el dolor. Entonces busqué a mi entrenador como queriendo que me explicara en ese momento qué diablos había pasado y por qué una persona tan novata y poco adaptada a ese deporte había logrado terminar la distancia soñada, casi caminando, pero en condiciones aceptables.
La respuesta científica aún no la tengo, pero la respuesta filosófica si está clara: los maratonistas son personas con determinación, sin miedo a sufrir, con una gran disposición al sacrificio e infinitamente felices.
Días después de correr mi primer maratón y de haberme saltado muchos de los protocolos para una preparación óptima, supe que tenía que volver a empezar de cero. En mi cabeza y en mi corazón sentía orgullo por ser maratonista, pero sabía que mi cuerpo estaba golpeado y que si quería seguir corriendo debía prepararme mejor para disfrutar más cada carrera.
Aterricé de nuevo en la realidad de mi cuadro clínico y del día a día para empezar por organizarme mejor en el trabajo, atender mis citas médicas y entrenar. La frase “no tengo tiempo” había que erradicarla del todo.
Y así, poco a poco, todo fue fluyendo. Madrugar se hizo hábito y trabajar con eficiencia en mi oficina fue la consecuencia de la necesidad de tener más tiempo para descansar y para atender mis asuntos de salud. Y aunque suene paradójico, esa rutina es lo que hace que correr se vuelva un disfrute y no un sacrificio.
Un corredor organiza su vida alrededor de lo que lo hace feliz. Nuestro enfoque es propiciar todas las condiciones para tener buenos entrenamientos y buenas competencias: dormir mejor, comer mejor, buscar la indumentaria más apropiada, encontrar las personas correctas que nos ayuden a crecer y detectar el método de entrenamiento que nos convierta en mejores corredores y luchadores. Todo eso puede sonar a vicio, pero es una adicción que va siempre en dirección ascendente. Correr es mejorar en todo sentido, es una decisión que optimiza hasta la manera de pensar.

No podría jurar que el deporte cura enfermedades pero si hay muchos estudios que demuestran que una vida activa mejora las condiciones del cuerpo para enfrentarlas. Ninguna persona que practique algún deporte con regularidad está blindada contra el cáncer, la diabetes, la hipertensión, la osteoporosis o las cardiopatías, pero si reduce en buen porcentaje la posibilidad de padecerlas. Mi experiencia me lleva a afirmar que desde que comencé a correr con cierta disciplina todos los síntomas de mi enfermedad se redujeron y que a veces ni siquiera los siento.
Puede ser coincidencia, pero prefiero pensar que fue una consecuencia. Luego de 5 años de entrenamiento, 6 medias maratones, 20 carreras de 10k, 5 carreras de 15k y 4 maratones más (Miami 2016, Chicago 2016, Berlin 2017 y New York 2018), el diagnóstico de mi médico fue el mejor. Estoy libre de cáncer y aunque el especialista que me atiende no garantiza que la enfermedad no volverá a aparecer, estoy más que preparada para afrontar una posible nueva batalla. La cuenta del número de cirugías va en 6 y la cuenta de número de carreras corridas hasta hoy va en 36. ¡Le voy ganando al cáncer por 30!
Por ahora no pienso parar. Quiero más carreras, quiero más medallas, quiero conocer más amigos corredores. Quiero saber más del mundo del running y ya puse la mente en un nuevo escenario; el triatlón. Por ahora, allí, estoy “en construcción”

GWR en el IM 70.3 de Panamá: Nicolás Delgado

El Ironman 70.3 de Panamá fue uno de los triatlones elegidos por los GoodWill Runners esta temporada. Una veintena de ellos viajó junto a su coach y volvió con grandes resultados.

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