Paula Rozo viajó al Maratón de Miami con el objetivo de terminar la carrera por debajo de las cuatro horas. La runner de 33 años, en su debut en la distancia, se convirtió en una de las GWR que logró la clasificación para los 42K de Boston del próximo año.

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Aquí su relato en primera persona:

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“La historia arranca, como la mayoría de mis historias, sin una clara introducción pero con gran desenlace. Desde que mi hermana empezó a entrenar, y en efecto participó en el triatlón olímpico de San Andrés y otras competencias, sentí un poco de indignación conmigo misma. ¿Cómo era posible? Yo había sido siempre la deportista de la familia, (incluso la única mención de honor que recibí en el colegio fue a la de mejor deportista). La indignación me atacó un par de veces, así que la calmaba con repentinas salidas a caminar, trotar, montar bici y cualquier actividad que me dejara muerta del cansancio, como una prueba que aún era capaz.

IMG-20160301-WA0055En todo caso los sobresaltos continuaron. Ver a mi hermana llegar a la meta y correr y nadar tantos kilómetros, fue inspirador, así que en agosto del año pasado le dije a Will que quería entrenar con él, en su equipo. De nuevo me sentí como en el colegio: básquet, porras, softball, futbol, voleibol incluso simulacros de las Naciones Unidas, todos eran excusas para irme a conocer gente y pasarla bueno, fuera del aula de clases. En GoodWill Runners, las difíciles madrugadas eran la excusa perfecta para salir corriendo de mi rutina y conocer gente, gente linda.

En una euforia colectiva un grupo importante decidió inscribirse a la maratón de Miami. Ya habían pagado y comprado tiquetes, y yos seguía pensando si mejor corría la media, si iba, si el dólar, si mi cumpleaños, que si esto que si lo otro. Mi prima Tatis tenía la plena convicción y determinación de correr esta maratón y se inscribió con el propósito de empezar el 2016 distinto. Pensé, “increíble el valor de las cosas, decisiones a veces simples y trascendentales”. Sin embargo mis momentos de reflexión dejaron de ocurrir los sábados en la mañana, y los festivos. Sólo pensaba “salvajes como organizan una maratón en enero”. ¿En serio otros 21 km mañana, pero si hoy corrimos 30km? No me parece…

En fin, como pude cumplí con mis actividades sociales, no podía escapar de ellas pues en una gran mayoría yo era quien las organizaba, pero tampoco era capaz de no ir a los entrenamientos. Cuando haces parte de un equipo, no ir a un entrenamiento es como quedarle mal al chico que te gusta. Culpa o arrepentimiento, no estoy segura con exactitud qué sensación es, pero ocurre y no es agradable, así que preferí madrugar, alistarme, refunfuñar 45 minutos en la mañana y ya. Verlos a todos sonriendo listos para empezar era el mejor antídoto.

A finales de diciembre por fin decidí comprar el tiquete y la inscripción, obvio la más cara porque ¡el que piensa pierde! Para ahorrar costos de mi indecisión compre un vuelo sin equipaje. El miércoles previo a viajar el Coach nos mandó un texto con todas las cosas que necesitamos para la maratón y examinando el listado de 15 ítems solo tenía 4.

No hubo remedio, jueves 9 PM estaba en casa de mi hermana esculcando que otras cosas me podía prestar. Salí con la indumentaria lista, completé la lista e incluso me llevé la ñapa. Termine de alistar maleta a la 1 AM y tenía clase de 7 AM. Luego de una siesta llegué 2:03 PM al aeropuerto con el tiempo justo. Había hecho web check in, y cuando llegue el señor me dijo “lo lamento los counter están cerrados”. Con otros dos pasajeros preguntamos por qué. Pasamos rápidamente de la sorpresa a la indignación. No me dejaban subir al avión. Mientras los otros pasajeros iban a las oficinas aproveché un descuido del guardián de la fila y me paré justo al lado del último pasajero que estaban chequeando. Le dije “no se mueva si me ven me regañan”. El señor sonrió y dijo “no hay problema”.

Le pregunte al agente si más tarde había otro vuelo y me contestó que recién al otro día.

En ese momento sólo pensé en mi mamá: “Paulita, Will me dijo que estas corriendo muy bien, que te puedes clasificar a Boston, yo sé que tú puedes”. Se me aguaron los ojos.

“Señor tengo que llegar a Miami, voy a correr la maratón, mañana ya es muy tarde”, le supliqué. Creo que inspiré compasión y me dijo “OK”, y le pasé mi pasaporte y me dieron los pasa bordos. En Sala de espera nos informaron de un retraso de hora y media del vuelo. Llegué a Ft Fort Lauderdale y al hotel recién a la 1 AM.

El sábado, un día antes de la carrera, no sé qué comí o el susto o la emoción, el hecho fue que todo el día estuve enferma del estómago. En la maluquera llegué a la Feria, pedí mi camiseta y mi número. Los del equipo empezaron a llegar de forma desordenada así que, entre una cosa y otra, alguien tomó mi bolsa. A las 4 PM me di cuenta que no tenía el número de la carrera. A punto del infarto y con el estómago revuelto, corrí a soluciones. “Señora me robaron mi numero! No tengo nada”. “Venga aquí vaya allá, no se preocupé le asignamos uno nuevo”. Esta carrera la corro porque la corro.

miamimedalsLlegamos al hotel –Tatis, Anita, Yeye y Ruben- y dejamos todo listo. Las instrucciones decían: desayuno listo a las 4 AM, segunda comida 4:40, para reunirnos a las 5:30 en el punto de encuentro e ir a los corrales de salida. El celular se descargó y nadie más puso la alarma. 4:20 AM y por una mera casualidad alguien se despierta. Se pueden imaginar, la competencia empezó a esa hora. En medio del alboroto comer, vestirme, el Lomotil que no me vaya a enfermar en la carrera. Salí lista para correr, sin saco, ni el celular, ni nada. El viento golpeaba a la gente con fuerza, todos mirábamos con ansiedad y algo de angustia desde el carro, la gente usaba bolsas de basura para cubrirse del viento, se escondían tras las columnas de los puentes.

Me bajé del carro, ya no alcanzábamos a llegar al punto de encuentro. Entre las tres me cubrían. Tatis me regaló unos guantes. Las dejé en el corral B y seguí caminando sola al mío. Sabía que dos compañeros del equipo estaban allí pero no los vi. Como pude me adelanté. Cerca de un grupo de brasileros, toda la gente estaba aglutinada intentando cubrirse del frío.

Como si el viento avisara una gran carrera cerré los ojos, recé, dediqué la carrera a Emma. Luego pensé que todos estarían viéndome. Pensé en mi mamá, en mi hermana, en Will y en los del equipo, sabía que ellos me estarían siguiendo. Oré y pedí que toda la energía se quedara en mi cuerpo.

El plan consistía en correr por debajo de 5 minutos el kilómetro. Los primos 21K debía ganar segundos con el fin de asegurar un colchón para el último tramo de la competencia –entre 4.30 y 4.50-. Corrí y corrí hasta cruzar la meta. Ví a Jonathan, me sonrió y me tocó los dedos al otro lado de la reja. Respiré. Supe que había llegado. Caí tendida en el pasto temblando. Apenas vi a José, Dionisio y Harry empecé a llorar de la emoción  mientras un fuerte calambre en las piernas me invadía. Me auxiliaron y, entre lágrimas, le dije a Harry que por favor mirara que tiempo había hecho.  Sonrió y me dijo “3:34:20”. Abracé a José y le dije, “clasifiqué clasifiqué”. Feliz con mi impensada clasificación a Boston 2017 unos meses atrás y un noveno puesto en mi categoría por edad”.

 

Como aprendizaje de su primera experiencia en 42K Paula aprendió a creer en ella y confiar en las instrucciones del Coach al pie de la letra porque verdaderamente sabe lo que está haciendo.